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[...Me emocionó la noticia y decidí ir, caminaba un tanto
apurada para llegar pronto. En la puerta ya había gente, entré
y caminé por aquel estar largo con ventanales de vidrios de colores.
Llegué al patio, rodeado de plantas y pajareras vacías,
en el medio un gran aljibe que, ahora estaba de decoración, aunque
seguía hablando de otros tiempos. Era la primer persona que entraba,
todo estaba demasiado silencioso, parecía irradiar una tristeza
infinita y profunda.
Allá en el rincón estaba aquella planta de hojas grandes
y aterciopeladas que daba flores anaranjadas como racimos.
Recuerdo aquella mañana ya hace tantos años atrás,
cuando traía entre mis manos, apenas una plantita entre mis manos
. Venía vestida de pollera escocesa, de buzo azul y zapatos de
charol, usaba trenzas largas y corría para entrar primera y regalársela
a la abuela..
La abuela estaba tan hermosa con su delantal lleno de harina, estaba amasando;
oh aquellas manos empolvadas, las que tomaron la planta.
Al mediodía la mesa se puso en el patio, éramos tantos niños,
tíos y tías, una mesa enorme de tradición italiana,
los firretes de la abuela estaban exquisitos.
Después de almorzar, ella nos llamó, y rodeándola,
plantamos esa pequeña planta, allí en esa esquina, mientras
mi hermano más chico daba vueltas en el triciclo alrededor del
aljibe.
Se oían los cantos de todos los canarios y cardenales en las pajareras
de la abuela, no parecía una cárcel de pájaros sino
un pequeño paraíso con troncos simuladores de árboles
y monte.
De pronto la voz de un hombre me estremeció, era el rematador que
ponía precios a aquellas cosas tan queridas. Me sentí impotente,
todos los parientes querían su parte, y todo se desparramaría
a distintos dueños esfumándose en el olvido.
Si yo fuera rica, si tuviera el dinero suficiente para comprar todo eso,
era un caserón enorme de una belleza muy especial, muy conservada,
con muebles señoriales, hasta habían quedado cuadros de
antepasados que nadie quiso llevar, y que la abuela había hecho
bellísimos cuentos sobre ellos.
No los quise ni mirar al salir, porque con sus miradas antiguas me estarían
culpando.
Miré el patio con las baldosas blancas y negras, las pajareras
vacías de cantos y alegrías. Me acerqué a la planta
y le corté un gajito...]
* * *
[...El pozo estaba al costado, y de la rondana colgaba aún una
cuerda deshecha.
De pronto me detuve en un cantero que, había sido un jardín
y me emocionó una flor apenas abierta que luchaba por vivir y dar
color y alegría ante tanta soledad, silencios y recuerdos.
Más aún me emocioné, cuando entre los yuyos se notaban
algunos limoneros llenos de frutas.
Aún más increíble, allí debajo de un gran
paraíso, había un banco y una mesa de material que invitaban
a sentarme.
Tenía la frente traspirada, de lejos mi hijo me llamaba que el
auto estaba pronto.
Puse la cabeza de la muñeca sobre la mesa y comencé a caminar,
pero al darle la espalda una vocecita fina, temblorosa y miedosa me dijo:
-no te vayas, no me dejes tú también.
Miré hacia la mesa y era de no creer, esa cabecita tan bella y
sucia me estaba hablando y tenía lágrimas en los ojos.
Me senté, de pronto todo estaba impecable, el jardín lleno
de flores, el pasto todo cortado, las ventanas impecables con cortinas
amarillas.
Entré a la casa, había un olor a comida tan rica, y allí
en la cocina una señora con un delantal, susurraba el ritmo de
una canción mientras revolvía una olla.
Afuera un horno de barro, despedía un humito con un aroma rico
a pan casero.
Se oían cacarear las gallinas anunciando los huevos que, recién
habían puesto.
La mamá se limpiaba las manos con el delantal y cantando tendía
las camas. ¿cuántos niños serían?.
Me llamó la atención, una cama donde yacía una linda
muñeca con la misma cabecita de muñeca que, había
encontrado entre los yuyos.
Por la ventana se veía a lo lejos tierra arada, otros pedazos ya
sembrados, en un corral estaban las vacas que seguramente, serían
las que, les daban la leche de todos los días....]
* * *
[....-¿Cómo te llamas?, me preguntó un hombre como
de mi edad.
-Francisco, respondí. Allí comenzó una amistad que
duraría toda la vida.
-Voy para Uruguay, al interior de ese país, tengo una hermana que
me espera, trabaja en una fábrica textil y le va muy bien. Hoy
llegó un barco al puerto, piden gente para descargar, vamos, quizás
podemos hacernos de unos pesos para el viaje.
Y todo se dio, cuando me vi entrar en aquel caserón que, la hermana
había heredado de un tío, con un patio lleno de plantas
y con un aljibe en el medio.
Allí conocí a Carmen, la hermana de Renzo, no podía
creer que alguien pudiera tener tan bellos ojos, nos enamoramos a primera
vista. Los dos comenzamos a trabajar en la misma fábrica que ella,
donde la mayoría eran compatriotas.
-No olvidaré cuando Carmen me trajo de regalo este mate con nuestros
nombres grabados para toda la vida, también la bombilla llevaba
su nombre.
Y me lo entregó diciéndome que, recién sería
hijo de ese suelo cuando “cure” ese mate y lo comparta con
la familia y amigos, me explicó sobre la planta del mate y la yerba.
-Así comencé esa costumbre, del que jamás pude desprenderme,
y realmente me sentí hijo de este suelo que me dio trabajo, familia
y seis hijos.
Ni la distancia ni el tiempo podrían borrar la imagen de aquellos
dos seres “pioneros” que me hicieron comprender la esencia
de esa costumbre de mi país. No era tan simple el hecho de “tomar
mate”, era parte de una cultura, de una tradición que, unía
a seres humanos en ruedas de diálogos, de amistad, de recuerdos
y de sueños.
Y no era porque sí que, en la calle, en las fábricas, en
la rambla, en la cancha, en los parques, en el campo y en la ciudad, la
gente tome mate, es algo para compartir ese momento mágico que
todos desean y esperan.
Hoy me había llegado la trágica noticia: el abuelo Francisco
había muerto, al mes exacto del fallecimiento de la abuela Carmen....]
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