Adquiera este libro aquí

José Ricardo García Hernández

Nacido en San Carlos (Maldonado), y que increiblemente en los años 60 casi hasta los 80 la capital del departamento de Maldonado, no tenía hospital, sino una pequeña sala de auxilios, pero me considero fernandino. Me tocó nacer el 11 de enero del 58, con mi santa madre de casi 10 meses de embarazo, lo que le costó una cesarea del tamaño de un bebé de 4,950 kg.
Padre de 4 niñas, (dos mias y dos ajenas pero que las quiero como si fueran de mi sangre), Sofía, Valentina, Camila y Julieta.
Estudié hasta donde pude. Tener un pesito en el bolsillo era más importante que cultivarse y preferí, laburar de garajista en ANCAP, que terminar el liceo. La nostalgia, fue el motivo de ponerme a escribir.
Escríbale al autor

Pasajes de la Obra

[...Cada vez que enarcaba una nueva relación - ya les dije que era un enamorado del amor- y se toma las cosas muy en serio, como si fuera parte de su profesión debía quedar bien clara una cosa, antes del primer beso, del primer te quiero, inclusive antes de preguntarle su nombre, marcaba su territorio y su semana de libertad. Imaginando la situación supondría estas frase: “hay algo que debe quedar claro entre nosotros” … cuando la pobre chica dejara volar su imaginación pensando en separaciones de bienes, fidelidades e infidelidades, cambios de parejas o presentaciones apresurada de padres, la frase saldría como una voz proveniente del cielo o el averno … “Semana Santa, es mía!. Podrían suceder imprevistos, previstos, desastres naturales e inclusive estar tapado de laburo, pero el primer sábado después de la cuaresma, lo encontraría en La Paloma. Sello, sigo y firmo que así será.
Con José tuve la suerte de conocer mucha gente, de todo tipo, personajes que de alguna forma tienen un lugarcito aquí, en el costado, gente que recuerdo con mucho cariño, aunque alguno de ellos no tengan ni la mas puta idea de “quien era el Gordo José”, pero que me han regalado cosas, que hasta que no tenga que devolver el marcapasos, serán mis mejores recuerdos, y muchos de ellos ni siquiera lo saben.
Quijotes sin rocinantes que se buscaban la vida como podían, o como querían, sin prisas, sin grandes molinos por destruir, ni Dulcineas por rescatar. Se mimetizaban al paisaje como el paisaje a ellos, pura terquedad de ambos por no cambiar. Tareas solitarias al día para poder sobrevivir, alcoholes en compañía por la noche, para revivir. Oceanógrafo uno, juglares varios, socorristas muchos, borrachos, todos...]

[...Sello inequívoco de un personaje, que no le hubiera perdonado a dios, no haberlo conocido.
Siempre recalcaba lo de ser de Granada, porque estaba orgulloso de pertenecer a esa tierra; y distaba mucho que le gustaran los hombres; pero su “clásico” era tan sonreído, que pasó de ser una muletilla, a ser su slogan.
Padre de cuatro dulzuras, y marido de una santa, Marina, que por esas casualidades de la vida, también se dejó encantar por ese juglar metido a payaso, que la trajo desde su Granada natal a Lanzarote. Y creo que lo hubiera seguido al fin del mundo si este cabrón se lo hubiera pedido.
Lastima, que se cansó. Se cansó del mundo, se bajó y se fue.
Nunca sabremos por que; a nadie le dio tiempo a preguntarle y se dejó la valija llena de amigos y de besos, de familia y de ternura, de “te quiero” escondidos, para sorprenderle alguna noche. Se dejó tanta cosa que tal vez, y si existen los milagros, baje un día de estos a buscarlo y se lo lleve; porque se ganó cada una de las cosas que aun le aguardan.
Pero yo no quiero recordarlo así, ya ido, quiero conservarlo vivo en mi retina. Bailoteando dentro de esta cabeza, que ya no anda tan bien pero recuerda. Quiero tenerlo un rato más para escribirlo y que se quede por lo menos muchas vidas, en este papel de mentira sobre el que ahora escribo.
Mi recuerdo nos lleva a una madrugada. Había comenzado una tardecita de verano y nos paseo por tantos lados que la noche se nos había ido lejos. Perdimos todos los buses que pudimos, y eso que andábamos en coche. Nos bebimos todo el alcohol que se permite, sin pasar la línea imaginaria que separa, el “certificado cultural de la bebida”, a la del papel del triste borracho, o eso creímos.
La penúltima nos encontró en un bar de buena reputación, según su dueño, que estaba del lado equivocado de la barra. Mientras bebía con nosotros, un camarero le ayudaba, mostrando en cada bostezo, la falta de tres de sus dientes y muchas horas extras...]

[...Terminada la hoja de ruta descripta, me preparé para lo que serían los clásicos cálculos de la post-guerra, recuento de bajas, daños colaterales, placas, análisis, cateterismos y torturas variadas, hoy avaladas por la ciencia en pos de nuestra recuperación, o no. Estas no se realizarían en Lanzarote, sino que debería trasladarme a Las Palmas de Gran Canaria, donde me aguardaría el próximo tramo del calvario y el que esperaba fuera similar a los ya recorridos, pero la vida esta vez no guardaba una mueca de sonrisa, directamente, se preparaba a cagarse de risa.
Llegué a Las Palmas esperando encontrarme con una ciudad más bonita, programada, floreciente, acogedora y limpia. Pero la capital de la provincia se obvió todos estos adjetivos y me mostró su cara mas lavada, como esa que no esperamos ver de nuestros esporádicos amantes, al amanecer luego de una noche, que muchas veces no queremos recordar. Bulliciosa, desordenada, estéticamente olvidable y tremendamente gris. Tal vez fuera por mis expectativas no colmadas, o por mi estado de ánimo, pero Las Palmas no me robó ni un rinconcito del corazón (gracias a dios, ya que me quedaba poco).
Desde mi llegada al aeropuerto, me esperaba una persona que oficiaría de chofer, guía y continente de todo lo que llevaba encima, y no solo hablo del equipaje. José Luís, el Gallego, Hermida...]